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El Ministerio de las Mujeres¹

The Ministry of Women

La ocasión para escribir este artículo es esta: en una reciente convención de verano [probablemente en 1893], se le había pedido a una joven mujer misionera que hablara sobre su trabajo en una de las sesiones públicas. Algunos de los delegados tenían tantas quejas sobre una mujer hablando a una asamblea de hombres y mujeres que sacaron a la dama del programa y después de esto solamente dejaron que los miembros varones participaran en la conferencia pública.

La consideración tan seria para obedecer la supuesta instrucción de San Pablo de que mujeres guarden silencio en la iglesia merece nuestro máximo respeto. Pero con un amplio conocimiento de la naturaleza y alcance del trabajo de la mujer en el campo misionero, el escritor ha pensado por mucho tiempo que es sumamente importante que ese trabajo, que mujeres hacen ahora mismo, debe justificarse a partir de las Escrituras o, si eso no es posible, que sea modificado para armonizarlo con los requisitos precisos de la Palabra de Dios. Aunque es cierto que muchos cristianos piensan que mujeres no deben predicar las nuevas buenas en público, en los Estado Unidos o en el exterior, también es cierto que muchísimas mujeres trabajan actualmente como misioneras. Ellas están predicando las nuevas buenas de salvación a hombres y mujeres paganos en lugares público y de hogar a hogar, a grupos pequeños reunidos en lugares pequeños y a grupos grandes reunidos en lugares grandes. No se está afirmando que la mayoría de mujeres misioneras estén desarrollando este tipo de trabajo, pero muchísimas sí lo están haciendo, y con la aprobación de las organizaciones misioneras bajo las cuales sirven. Si alguien objeta que lo que las mujeres están haciendo técnicamente no es predicar dado el carácter informal y coloquial de su actividad, nosotros estaremos listo a afirmar que lo que ellas están haciendo es más parecido a la predicación de la gran comisión que el leer una disquisición teológica desde el pulpito un domingo por la mañana o que la discusión de alguna pregunta ética o sociológica antes de una audiencia popular una noche domingo.

Pero el propósito de este artículo no es condenar el ministerio de mujeres misioneras o sugerir la modificación de lo que se describe arriba, sino justificar y vindicar lo apropiado de lo que están haciendo y su autoridad, a partir de un examen crítico de las Escrituras sobre este asunto.


Para lograr una correcta comprensión de este tema, es necesario que nosotros recordemos que estamos viviendo en la dispensación del Espíritu—una dispensación que difiere radicalmente de la de la ley, que la precedió. Con el día de Pentecostés empieza esta dispensación nueva, y con la profecía de Joel, que San Pedro discuto ese día, describió las grandes características de esta dispensación. Vamos a brevemente considerar esta profecía:

En los postreros días—dice Dios—, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas, en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre, fuego y vapor de humo; el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y glorioso. Y todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo” (Hch 2:17–21).2

Podemos observar que aquí se nombran cuatro grupos como aquellos incluidos con privilegios iguales bajo del derramamiento del Espíritu:

  1. Judío y griego: “toda carne” parece ser equivalente a “cada persona que” o “todo aquel,” mencionado en el versículo 21. San Pablo explica que esta frase indica a ambos judíos y griegos (Ro 10:12–13): “Porque no hay diferencia entre judío y griego,…porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”
  2. Varón y mujer: “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán.”
  3. Ancianos y jóvenes: “vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros anciano soñarán sueños.”
  4. Siervos y siervas: “sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.”

Estos grupos diferentes no son mencionados sin una intención y significación definida; San Pablo, al referirse al gran bautismo por el cual se introduce la iglesia del nuevo pacto, dice: “porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, tanto judíos como griegos, tanto esclavos como libres” (1 Co 12:13). Aquí él enumera dos grupos mencionados en la profecía de Joel; y en otro pasaje menciona tres: “pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gl 3:27–28).

Muchas veces oímos que se cita esta frase, “no hay hombre ni mujer,” como si fuera una figura retórica; pero insistimos que la inferencia es justa, que si el griego llego tener privilegios mucho mejores bajo de la gracia que debajo de la ley, también los llegó a tener la mujer; porque de ambos se hablan en la misma categoría.

Aquí, entonces, empezamos nuestra discusión. La profecía de Joel, realizada en Pentecostés es la Carta Magna de la iglesia cristiana. Esta profecía da a la mujer una posición en el Espíritu que no se ha conocido antes. Y, como en leyes civiles, ninguna ley que riña con la constitución puede ser promulgada, también en las Escrituras esperamos encontrar no ningún texto que niegue el darle a la mujer sus derechos divinos designados en la nueva dispensación.

Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán.” Aquí está la autorización de igualdad de la mujer con el hombre para proclamar las buenas nuevas en la gracia de Dios. Entonces, parece, como mínimo, que esta palabra “profecía” en el Nuevo Testamento “indica no solamente predecir eventos del futuro, sino comunicar la verdad religiosa en general bajo la inspiración divina.”3 Y de se momento en adelante, el espíritu de profecía iba a quedarse, no sobre unos pocos favoritos, pero sobre los muchos, sin consideración de raza, edad, o sexo. Todo lo que podemos concluir del uso en el Nuevo Testamento de la palabra “profecía” nos guía a entender que incluye el ser testigo a Cristo, proclamar con pasión las buenas nuevas por impulso del Espíritu Santo, lo que se dió en la iglesia primitiva y se da con las misma sinceridad en los creyentes de hoy día.

Alguna gente, en verdad, previendo donde tal admisión quizás llegará, han insistido en limitar la palabra “profecía” a su sentido más limitado, de predecir por inspiración o revelación milagrosa, y han afirmado que la época de milagros ha terminado, y entonces la profecía de Joel no se puede citar como autoridad para mujeres ser testigos públicos para Cristo hoy día.

Esta forma de pensar ha sido usada muchas veces en interpretaciones similares, pero esto no ha sido satisfactorio. Cuando William Carey indico estas palabras, “id y haced discípulos a todas las naciones,” y pregunto si no era cierto que este mando todavía era válido para la iglesia, los hermanos le respondieron: “¡No! La gran comisión fue acompañada por el milagroso regalo de lenguas; este milagro ha terminado en la iglesia, y entonces no podemos tener éxito en tal empresa a menos que Dios mande otro Pentecostés.” Pero Carey ha insistido que se puede depender todavía del poder del Espíritu, como en el principio, para llegar a cabo la gran comisión; y un siglo de misiones ha vindicado la verdad de su decisión. Cuando, hace unos años, algunos cristianos reflexivos han preguntados si la promesa,” la oración de fe salvará al enfermo” todavía está en vigor, los teológicos han respondido: “¡No!; esto refiere a salud milagroso; y la época de milagros termino con los apóstoles.” Y ahora se dice que la “profecía” también está en el mismo catálogo de dones milagrosos -una presencia que han terminado con los apósteles. Es ciertamente imperativo que ellos que defienden esta perspectiva presentando alguna evidencia de su precisión de la Escritura, y que después de demandas repetidas, no lo han podido hacer, y no van a poderlo hacer. Nuestra objeción principal a esta idea es que falta reconocer la presencia perpetua del Espíritu Santo en la iglesia—una presencia que implica la presencia permanente de sus dones.

Si ahora miramos a la historia de la iglesia primitiva, encontramos la práctica que corresponde a la profecía. Por ejemplo, en el caso de Felipe, leemos: “Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban” (Hch 21:9); y en conexión con la iglesia en Corinto leemos: “Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta” (1 Co 11:5). Vamos a considerar aquel texto después, solamente señalo que “orando” todavía no ha sido declarado como exclusivo de la época apostólica, tal como su compañero “profecía.”

Siendo que hemos escrito brevemente de la perspectiva positiva de esta cuestión, ahora seguimos a considerar la supuesto prohibición que se hace a las mujeres de participar en las reuniones públicas de la iglesia, en los escritos de Pablo.

Examinamos, primero, el texto crucial en 1 Timoteo 2:8–11: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda. Asimismo, que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia: no con peinado ostentoso, no oro ni perlas ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que practican la piedad. La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. No permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.”

Generalmente se ha considerado este pasaje como el más fuerte y más decisivo para el silencio de mujeres en la iglesia. Sería sorprendente, entonces, si se encontrara que verdaderamente es una exhortación para la participación bien disciplinada y en decoro de las mujeres en oración pública. Pero así es la conclusión de algunos de los mejores exégetas de la Biblia.

La mayoría están de acuerdo en que la fuerza de Βούλομαι (“quiero”) va del verso ocho hasta el verso nueve: “Quiero que las mujeres.”¿Y, qué es lo que el apóstol quiere que las mujeres hagan? Las palabras “asimismo” nos sugieren una respuesta y obstaculizan otra respuesta que es muy común. ¿Indica que los hombres oren en todo lugar y las mujeres “asimismo” estén silenciosas? Pero, ¿dónde estaría la semejanza de comportamiento en los dos casos? ¿O la semejanza es entre los hombres “levantando manos santas” y las mujeres vistiéndose decorosamente con modestia? Mirando el lenguaje del autor cualquiera de estas conclusiones es tan improbable, que Alford indica que “Crisóstomo y la mayoría de comentaristas añaden προσεύχεσθαι (“orar”) para completar el sentido.” Si ellos tiene razón al entender así el pasaje—y si pensamos que ὡσαύτως, (“asimismo”) nos exige a este camino—entonces el significado es sin duda: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, etc. Asimismo quiero que las mujeres oren con ropa decorosa, etc.”

En uno de lo más incisivos y claramente razonados estudios exegéticos de que estamos enterados, Wiesinger, el comentador eminente, entiende así el pasaje, y nos parece que justifica sus conclusiones. No tenemos espacio para transferir sus argumentos a estas páginas, pero podemos en unas pocas palabras dar un resumen de ellos, mayormente en sus propias palabras. Dice:

  1. “En las palabras ‘en todo lugar’ uno puede observar que esto indica que se habla de oración publica y no oración privada.
  2. Se debe añadir el verbo προσεύχεσθαι, ‘orar’ en el verso 9, y juntarse con ‘de ropa decorosa’; con el propósito que el mandato especial sobre el comportamiento de las mujeres en la oración corresponda al mandato para los hombres en las palabras ‘levantando manos santas.’ Este pasaje, entonces, desde el comienzo se refiere a oración; y lo que se dicen de las mujeres entre versos 9 a 10 se debe entender como referido principalmente a la oración pública.
  3. La transición de verso 11 de γοναῖκας a γυνὴ indica que el apóstol ahora indica algo nuevo—o sea, la relación de la mujer casada a su esposo. Ella debe estar en quietud, en vez de llamar la atención a si misma por su presencia pública; aprender en vez de ensenar; estar en sujeción en vez de autoridad.”

Para resumir, nuestro comentarista no encuentra evidencia en este pasaje de que a las mujeres se les prohibiera orar en las asambleas públicas de la iglesia; aunque mirando hacia atrás desde el verso doce a los versos anteriores, considera que a ellas no se les permitía ensenar en público. Este punto vamos a considerarlo después.

La interpretación que hemos dado tiene fuerte suposición en su favor, a partir de la semejanza con el pasaje que ahora vamos a considerar:

Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza, porque es lo mismo que si se hubiera rapado” (1 Co 11:4–5).

Todos están de acuerdo que la referencia aquí es a la adoración publica; y forma decorosa de participar en ella se indica primero para el hombre y entonces para la mujer. “Toda mujer que ora o profetiza.” Concluye brevemente Bengel: “Entonces [que] a las mujeres no se les prohibían estos deberes” es natural y razonable. Por el contrario, es muy increíble, que el apóstol se temara el trabajo de limitar una práctica que él quisiera arrancar de raíz o que dedicara esfuerzo a condenar un método prohibido de hacer una cosa prohibida. Este pasaje es notablemente parecido al pasaje que hemos mirado, en cuanto a que es imposible concluir que habiéndose prescrito primero en cuanto al hombre y luego en cuanto a la mujer la forma apropiada de hacer algo, entonces lo ordenado se aplique sólo para unos y prohibido para las otras. Si la frase “asimismo” ha sido un obstáculo para que los comentaristas encuentren una orden para el silencio de las mujeres en 1 Timoteo 2:9, la diferencia señalada en este pasaje no es menos difícil superar para quienes piensan que a las mujeres se les prohíbe participar en la adoración pública. Como se ha mostrado que el primer pasaje aprueba que las mujeres oren en público, también este pasaje apunta con igual firmeza a la costumbre de las mujeres tanto orando como profesando en público.

Ahora miramos al único otro pasaje que los comentaristas dicen es decisivo para el silencio de las mujeres: 1 Corintios 14:34–35: “vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que deben estar sujetas, como también la Ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos, porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación.”

Las mujeres guarden silencio en las iglesias” (v. 34) se dice otra vez, pero es evidentemente en la condición de que ellas interrumpan el servicio con preguntas, porque se añade “porque no les es permitido hablar…y si quieren aprender algo, que pregunten a sus propios maridos en casa” (vv. 34–35 BA). Esta última cláusula indica que el mandamiento no tiene referencia l orar o profetizar e indica—lo que el capítulo entero demuestra—que el apóstol aquí trata de varias condiciones de desorden y confusión en la iglesia, no que él está prohibiendo el ejercicio decoroso de los dones espirituales de cualquiera hombre o mujer. Si estuviera prohibiendo a las mujeres orar o profetizar en público, como dicen algunos, qué sería más fuera de propósito o sin sentido que su dirección para el caso: “si quieren aprender algo, que pregunten a sus propios maridos en casa.”

Aquí, también el comportamiento de las mujeres en la iglesia se debe estudiar en relación al comportamiento de los hombres si queremos entender correctamente las enseñanzas del apóstol. Vamos a observar, entonces, que el mandato de silencio se da tres veces en este capítulo con uso de la misma palabra griega, σιγάτω, dos veces para los hombres y una vez para las mujeres, y que en cada caso el silencio ordenado es condicional, no absoluto. “Guarde silencio en la iglesia” (v. 28 BA) se dice a alguien que habla en lenguas, pero en la condición, “si no hay interprete.” “El primero calle” (v. 30) se dice de uno de los profetas que hablen “dos o tres,” pero en la condición que “a otro que está sentado le es revelado algo” (v. 30).

Entonces, podemos insistir razonablemente que este texto, tanto como los otros que hemos mencionado, se deben considerar en luz de toda la enseñanza del Nuevo Testamento—la enseñanza sobre la profecía, la enseñanza sobre la práctica, y la enseñanza sobre la historia—si queremos descubrir la enseñanza verdadera.

El Dr. Jacob, en su estudio admirable, “El gobierno eclesiástico del Nuevo Testamento,” considerando el asunto según este método amplio, resume la pregunta entera: “Una debida consideración del ministerio de los dones en los primeros años de la cristiandad—esos años de alta y santificada libertad espiritual—demuestra y justifican el costumbre de la ministración pública de las mujeres en ese período en la iglesia. La base y título de este ministerio es la posesión reconocida de algún don, y esos dones son conferido a las mujeres tal como los hombres, a las primeras y a los segundos se les permitía usarlos en asambleas cristianas. Esto me parece evidente en las palabras de Pablo en 1 Corintios 11:5, donde condena con fuerza la práctica de mujeres orando o profetizando con las cabezas descubiertas, sin encontrar objeción al ministerio público de ellas, pero solamente quejándose sobre el vestido no apropiado de las mujeres empleadas de tal manera en público. El mandato en la misma epístola (1 Co 14:34) ‘vuestras mujeres callen,’ etc., se refiere como indica el contexto, no a la profecía u oración en la congregación, sino a hacer observaciones o preguntas sobre las palabras de otros.”

Podemos resumir, sin exceso de confianza, que no hay ninguna Escritura que prohíba a las mujeres orar o profetizar en las asambleas públicas de la iglesia; al contrario, parece que la palabra del apóstol las urgen orar (1 Ti 2:9); mientras, en referencia a la profecía, tienen las tres características de predicación inspirada (Hch 2:17), de la práctica primitiva (Hch 21:9), y de la provisión apostólica (1 Co 11:4).5

Sobre la posibilidad de enseñar, hay una dificultad que no es fácil resolver. Si el apóstol, en sus palabras a Timoteo, prohíbe absolutamente que una mujer enseña y exponer verdades espirituales, entonces de inmediato viene a la mente el ejemplo notable de una mujer haciendo esta misma cosa (Hechos 18:26)—un ejemplo de enseñanza privada, quizás, pero respaldado y hecho público al ser incluido en el Nuevo Testamento.

Por ese ejemplo, algunos han sostenido que la frase en 1 Timoteo 2:9, con el párrafo donde está incluida, se refiere a las relaciones domesticas de la mujer casada y no a sus relaciones públicas; que se refiere a su sujeción a la enseñanza de su esposo en vez de ella dominar en manera dogmática a su esposo. Este es la interpretación de Canon Garratt, en sus observaciones excelentes en “El Ministro de las Mujeres.” Sin embargo, la prohibición es contra la enseñanza pública; ¿que significará? Enseñar y gobernar son las funciones especiales del anciano/a. El maestro y el pastor, dos de los dones para la iglesia (Ef 4:11), Alford considera que son el mismo don; y mucha gente considera que el pastorada es igual al obispado. No hay ejemplo en el Nuevo Testamento de una mujer en la posición de obispa o maestra en una iglesia. La falta de tal ejemplo nos orienta a abstenerse de ordenar a una mujer como pastor de una congregación cristiana. Pero si el Señor ha determinado esta limitación, pensamos que está basado, no en que la mujer tenga una posición con menos privilegios de la gracia (de Dios), pero en la naturaleza misma que impide tal servicio.

Se puede decir en contra de la conclusión a la que hemos llegado sobre la posición de la mujer, que la lectura sencilla del Nuevo Testamento deja una impresión diferente en la mente. Esto puede obedecer a dos razones: primero, la predisposición tradicional; y segundo, según la traducción injusta. Sobre la razón última, parece que los traductores de nuestra versiones comunes tradujeron, a cada punto donde esta cuestión ocurre, debajo la sombra del imperativo de Pablo “Vuestras mujeres callen en las congregaciones” (1 Co 14:34).

Vamos a tomar dos ilustraciones de los nombres que se encuentran en la constelación de mujeres cristianas mencionadas en Romanos 16: “Les recomiendo a nuestra hermana Febe, sirvienta (o servidora) en la iglesia de Cencrea” (v.1 King James).6 Así, según la versión King James escribe Pablo. Pero la misma palabra διἀκονος, aquí traducido “sirvienta” se traduce “ministro” cuando se aplica a Pablo y Apolos (1 Co 3:5 King James) y “diáconos” cuando usado para otros oficiales masculinos de la iglesia (1 Ti 3:8, 12). ¿Por qué discriminar contra Febe simplemente por ser mujer? La palabra “servidor” es correcta para el uso general no oficial de la palabra, como en San Mateo 22:10, pero si Febe era verdaderamente una oficial de la iglesia, como tenemos derecho de concluir, se le debe dar el honor que merece. Si “Febe, ministra en la iglesia de Cencrea” (Ro 16:1) parece ser demasiado atrevido, deja que la palabra sea transliterado a “Febe, diacona”—una diacona, sin la terminación insípida “-isa,” de esto no hay más necesidad que si dijéramos “maestrisa” o “doctorisa.” Esta enmienda “diaconisa” con timidez ha entrado al texto de la Reina Valera, de esta manera añadando prejuicio a la vista por la asociación que este nombre (“diaconisa”) tiene en la Alta Iglesia—cofradía de mujeres y órdenes. ¡Es maravilloso tanto que hay en un nombre! “Febe, una servidora,” quizás sugiere a un lector ordinario nada más que una esclava moderna de la iglesia, que prepara sándwiches y café para la reunión social en la iglesia. Según Canon Garratt, con su afable e iluminado perspectiva de la posición de la mujer en tiempos apostólicos, “Febe, diacona,” sugiere una colaboradora útil de Pablo, “viajando en trabajo misionero y otro trabajos de amor.”

Otra vez, leemos en el mismo capítulo de Romanos, “Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús” (Ro 16:3). Nótese el orden aquí: el nombre de la mujer puesto primero, como en otros lugares (Hch 18:18; 2 Ti 4:19). Pero cuando leemos el pasaje sugestivo en Hechos 18:26 encontramos que el orden está a revés, y el nombre del hombre puesto primero: “pero cuando lo oyeron Aquila y Priscila, lo llevaron aparte y le explicaron más exactamente el camino de Dios” (King James). Pero este orden es erróneo, según los manuscritos mejores. Según algún amanuense o critico la pregunta alarmante se presentó: “No es que Pablo dijo, ‘No permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre’ pero aquí una mujer en realidad toma la cabeza como maestra teológica de Apolos, un ministro distinguido del evangelio, y hasta usando su autoridad para decirle que él no está calificado completamente para su trabajo! ¡Esto no puede ser! Si la mujer no puede callarse, por lo menos debe estar en segundo plano.” Entonces el orden fue cambiado, y el nombre del hombre se quedó primero para muchas generaciones de lectores. La Reina-Valera ha arreglado el error, y el nombre de la mujer ahora está primero.

Pero, ¡qué natural es esta narración, y que perfectamente conforme a la historia cristiana subsecuente! Podemos imaginar fácilmente que, después de oír a este orador de Alejandría, Priscila decía a su esposo: “Si, él es elocuente y conoce muy bien las Escrituras; ¿pero no ves que le falta el secreto del poder?” Entonces lo llevaron y le explicaron el bautismo del Espíritu Santo, con el resultado de que quien antes conocía bien las Escrituras ahora “con poder convencía los judíos.” Cuantas veces esta escena se reproduce; por ejemplo, en el caso de Caterina de Siena dando instrucción sobre las cosas del Espíritu a los clérigos depravados de su día hasta que exclamaron: “Nunca hombre habló como esta mujer”; de Madame Guyon, quien por su enseñanza hizo hombres nuevos de muchos predicadores hábiles pero no espirituales en su tiempo; de la mujer humilde de quien el evangelista Moody dice, que después de oír algunos de sus primeros sermones, lo exhortó sobre su necesidad del secreto de poder, y lo puso bajo obligación indecible al haber le enseñado sobre el mismo. Es evidente que el Espíritu Santo hizo que Priscila fuera una maestra de maestros, y que su cátedra teológica ha tenido muchos beneficiados meritorios en las subsecuentes épocas cristianas.

Para seguir aún más la lista de trabajadoras mujeres mencionadas en Romanos 16, leemos: “Saluden a Trifena y a Trifosa, que trabajan en la obra del Señor; y también a nuestra querida hermana Pérsida, que tanto ha trabajado en la obra del Señor” (verso 12 Dhh). ¿Qué es la obra del Señor que ellas hicieron tan meritoriamente? Añada a esta citación otra: “ayudes a estas que combatieron juntamente conmigo en el evangelio” (Flp 4:3). ¿Es que “combatieron en el evangelio” con una limitación que no podían predicar el evangelio? ¿Es que “lucharon en el Señor” pero no podían dar testimonio público para el Señor? “¡Ah! Pero tenemos esa palabra de Pablo a Timoteo, “Las mujeres deben aprender en silencio,” dice el abogado. ¡No! No está allí. Otra vez vamos a quejarnos de una traducción injusta. Correctamente la Nueva Versión Internacional traduce: “La mujer debe aprender con serenidad” (ἡσυχία), una advertencia no inconsistente con orar decorosamente y atestiguar en las asambleas cristianas. Cuando hombres son reprendidos, los traductores dan la traducción correcta a la misma palabra: “que trabajen tranquilamente para ganarse la vida” (2 Tes 3:12 Dhh), un mandato que ningún lector entendería como que ellos no deben hablar cuando trabajan y comen.

Siendo que una mujer está incluida como diacona en este capítulo (Ro 16), entonces es más que probable que una está mencionada entre los apóstoles. “Saluden a mis paisanos Andrónico y Junias, que fueron mis compañeros de cárcel; se han distinguido entre los apóstoles, y se hicieron creyentes en Cristo antes que yo” (v. 7 Dhh). ¿Es Junia un nombre femenino? Así pensaba la mayoría de gente. Pero, siendo que está conectado con έν τοίς αποστόλοις, ha inducido a algunos a concluir que Junias es el nombre de un hombre. Esto no es posible. Pero Crisóstomo, quien, como Padre Griego, se debe tomar como autoridad importante, hace esta observación franca y inequívoca sobre este pasaje: “¡Qué grande es la devoción de esta mujer, que ella es digna del nombre de apóstol!

Estas son ilustraciones que se pueden aumentar bastante, de la sombra que la presumida ley de silencio de Pablo para mujeres ha echado sobre el trabajo de los traductores primitivos—una sombra que aun se ha echado sobre el Antiguo Testamento; para que leemos en la Versión Común: El Señor dio un mensaje; mucha era la compañía que lo anunciaba (Sal 68:11), pero la Reina Valera indica correctamente: “El Señor daba la palabra, multitud de mujeres anunciaba las buenas nuevas.”

Tenemos razón o no en nuestras conclusiones generales, hay principios muy interesantes sugeridos por este tema: especialmente, el valor de la experiencia como intérprete de la Escritura. La exegesis final no se encuentra siempre en el diccionario y la gramática. El Espíritu está en la Palabra; y el Espíritu está también en la Iglesia, el cuerpo de creyentes regenerados y santificados. Seguir la voz de la Iglesia aparte de la Palabra escrita nunca ha sido seguro; pero, por otra parte, posiblemente necesitamos ser amonestados a no desatender la enseñanza de la vida espiritual más profunda de la Iglesia al formar nuestras conclusiones con respeto al sentido de la Escritura. No se puede negar que cada gran avivamiento espiritual en la historia del protestantismo el ímpetu de las mujeres cristianas a orar y atestiguar para Cristo en la asamblea pública ha sido indomable. Fue así en el inicio de la Sociedad de Amigos. Fue así en el despertamiento evangélico asociado con los nombres de Wesley y Whitfield. Fue así en poderoso renacimiento del Metodismo primitivo conocido como el Ejército de Salvación. Ha sido aumentando en esta época de misiones modernas y evangelismo moderno en que vivimos.

Observando este hecho, y observando también las bendiciones grandes que han asistido el ministerio de mujeres consagradas a la proclamación el Evangelio, muchos hombres pensantes han sido dirigidos a examinar la Palabra de Dios de nuevo, para aprender si es verdaderamente cierto que las Escrituras imponen silencio al testimonio que el Espíritu bendice tanto. Para mucha gente ha sido tanto un alivio como una sorpresa descubrir cuán poca autoridad hay en la Palabra para reprimir el testimonio de las mujeres en la asamblea pública, o para prohibirles proclama el Evangelio a los que no son salvos. Si esto es así, será bueno para los demandantes en este caso precaverse, no sea que al imponer silencio a la voz de mujeres consagradas, quizás se opongan al Espíritu Santo. La conjunción de estos dos mandatos del apóstol es significante: “No apaguen el Espíritu, no desprecien las profecías” (1 Tes 5:19–20 NVI).

El famoso Eduardo Irving habla así directamente sobre este sujeto: “Quien soy yo que deba despreciar el don de Dios, porque está en una mujer, a quien el Espíritu Santo no desprecia?...Que las mujeres tienen con los hombres una distribución igual de dones espirituales es manifiesto no sólo por el hecho (Hch 2; 18:26; 21:9; 1 Co 11:3, etcétera), sino por las mismas palabras de la profecía de Joel, que posiblemente reprenden a esa gente vanidosas y sin pensamiento que no pagan atención al trabajo del Señor, porque ese trabajo aparece entre mujeres. Deseo que hombres mismos se sujetan a la Palabra de Dios, antes que dominan los derechos iguales de mujeres en la gran efusión del Espíritu” (Works, v. 555).

Como se requiere, preferimos renunciar a toda apelación a la razón y el sentimiento para resolver la pregunta, y apoyarnos solamente en una interpretación literal de la Escritura. Pero no nos podemos abstener de preguntar si la intuición espiritual de la Iglesia no ha sido más avanzada que su exegesis sobre este tema. No nos vamos a referir a la práctica predominante en muchas de nuestras iglesias más espirituales y evangélicas, pero si vamos a mencionar algunos ejemplos públicos.

La excursión misionera al Tíbet de Anna Taylor ha sido sujeto mencionado en todo el mundo. Y ahora ella regresa a ese campo inmenso y peligroso con una compañía considerable de reclutas misioneros, ambos hombres y mujeres, ella misma el líder de la expedición. En esta empresa de llevar el Evangelio a las regiones más lejanas, y proclamar a Cristo a todas las clases sociales, ella es tan completamente una misionera como lo fueron Pablo o Columba o Bonifacio. Aun en todos los comentarios de la prensa religiosa nunca hemos oído la pregunta de si, en actuando así, ella no está incursionando afuera de la esfera de la mujer según lo definido en la Escritura.

Cuando el Secretario Murdock describió, frente de la Conferencia Misionera de Exeter Hall en 1888, el trabajo de la Señora Ingalls, en Birmania, declaró que, aunque no había asumido cargos eclesiásticos, aun a fuerza de carácter por una parte, y por las necesidades del campo por otra parte, ella tenía que trabajar como obispo sobre muchas iglesias, entrenando a los ministros nativos en teología y homiletica, guiando las iglesias en la selección de pastores, y dirigiendo la disciplina de las congregaciones, la historia evocó solamente aplauso, sin murmullo de disensión del distinguido cuerpo de líderes misioneros que lo oyeron.

Cuando en esa misma conferencia, el representante de la Misión Karen no llegó, preguntaron si había misionero presente que podía hablar sobre ese trabajo notable, la repuesta era, “Solo uno, y ella es mujer.” La aceptaron sin vacilar como orador; y aunque al principio recatada, al final consintió, y tuvo el honor de hablar a quizás lo más notable asamblea de líderes misioneros convocados en este siglo. Los tonos claros e inequívocos con que la Señora Armstrong explicó su narrativa no sugirió “silencio”; pero la moderación y reserva de su parte estaban de acuerdo con el requisito de la Escritura de “tranquilidad.” Y aunque ella tenía en su audiencia secretarios misioneros, obispos Episcopales, profesores de Oxford, y teólogos de Edinburgh, no había objeción visible ninguno a su ministerio.

Recordamos gráficamente, en los primeros días primitivos del trabajo de la mujer en el campo extranjero, como esa misionera brillante a China, la señorita Adele Fielde, fue revocada por su junta por las quejas repetidas de los misioneros mayores de que en su trabajo excedió su esfera como mujer. “Nos han informado que usted ha decidido predicar,” fue el cargo leído por el presidente: “¿Es cierto?”

Ella respondió describiendo el campo inmenso e indigente que tenía—pueblecito tras pueblecito, caserío tras caserío, no alcanzados por el Evangelio—y entonces como, con una mujer nativa, había viajado en el campo alrededor, reuniendo grupos de hombres, mujeres, y jóvenes—quienquiera que viniera—y les contó la historia de la cruz. “Si esto es predicar, me confieso culpable” dijo. “¿Y a usted ha sido ordenada para predicar?” le pregunto el examinador. “No,” ella respondió, con gran dignidad y énfasis—“no; pero creo que he sido ordenada de antemano.” ¡Ah, mujer! Has contestado discretamente; y si, cualquier pide por sus credenciales de ordenación de antemano, indique las palabras del profeta: “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán,” y la Iglesia entera votará enviarte otra vez sin estorbos a su trabajo, como lo hizo la junta en este caso.

¡Qué lentos somos para entender lo que está escrito! Simón Pedro, quien en el Día de Pentecostés mencionó la gran profecía de la dispensación nueva, y anunció que su cumplimiento había empezado, que tan atrapado estaba por la tradición que le tomo una visión especial de una sábana bajando del cielo para convencerlo de que en el cuerpo de Cristo “no puede ser judío o griego.” Y se nos exige otra visión de una multitud de mujeres misioneras, bajadas por el Espíritu Santo entre los paganos, y proclamando el Evangelio a cada tribu y parentesco y pueblo, para convencernos de que en ese mismo cuerpo “no hay hombre ni mujer.” Es evidente, comoquiera, que este espectáculo extraordinario de mujeres que ministran ha traído dudas a algunos hombres conservadores sobre “qué va a pasar esto.” Pero como creyentes en la palabra segura de la profecía, todo ha pasado precisamente según el modelo ordenado antemano, del primer capítulo de la nueva dispensación, cuando en el piso alto de la casa “todos ellos se reunían siempre para orar con los hermanos de Jesús, con María su madre y con las otras mujeres” (Hch 1:14), hasta el último capítulo, ahora cumplido, cuando “las mujeres que proclamen el mensaje son un multitud.”

La economía nueva no es como la vieja: y los acusados en este caso no tienen que apelar a los ejemplos de María y Débora y Hulda, y Ana la profeta. Estas eran ejemplos excepcionales bajo la antigua dispensación; pero aquella que es la más pequeña en el reino de los cielos es más grande que ellas. Y permitir que los teólogos quienes han escrito recientemente tan dogmáticamente sobre este tema consideren si será posible que en este asunto todavía están bajo de la ley y no debajo de la gracia: y si, a la vista de la tierra prometida de evangelización mundial, no podrán oír la voz de Dios diciendo: “Moisés, mi servidor, ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán.”


Comentario por la Doctora Aída Besançon Spencer, Profesora del Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Gordon-Conwell, Massachusetts, Estados Unidos. El Gordon Bible Insitute fue fundado por Adoniram Judson Gordon (el primer presidente) para el evangelismo mundial por tanto mujeres como hombres. Su esposa, Maria Hale Gordon, era secretaria y tesora de la escuela.

Hace casi 30 años que escribí Mas Allá de la Maldición (1985). Pero recuerdo que muchas veces he leído y oído que la liberación de la mujer en la iglesia es solo algo después de los 1970s, imitando el mundo secular. Pero este artículo escrito en 1894, hace 120 años, nos indica que la liberación de la mujer en la iglesia no es asunto de este siglo. Mientras traducía “El Ministerio de la Mujer,” me di cuenta de tantas ideas que tenía el Doctor A. J. Gordon que para nosotros parecía nuevo:

  • Vivimos en una dispensación de gracia del Espíritu que es diferente a la dispensación de la ley;
  • La importancia de ciertos pasajes como Joel 2:17–24 y Gálatas 3:28;
  • La semejanza entre el gentil y la mujer;
  • En la época del Espíritu todavía hay milagros;
  • Tenemos ejemplos de mujeres predicando en el Nuevo y el Antiguo Testamentos, como las hijas de Felipe, las mujeres en Corinto, Trifena y Trifosa, Priscila, Junia, María, Débora, Hulda, y Ana;
  • 1 Timoteo 2:9–10 indica que mujeres deben orar en la iglesia tanto como los hombres;
  • El silencio que manda San Pablo en 1 Corintios 14 es condicional, no absoluto, para tres grupos diferentes;
  • No es posible que 1 Corintios 14 contradiga 1 Corintios 11, ni que 1 Timoteo 2:11–14 contradiga Hechos 18:26;
  • Muchas veces no se entiende bien trazos sobre la mujer por perspectiva tradicional que afecta la traducción de la Biblia, cuando traductores traducen todo debajo del principio “las mujeres deben guardar silencio en las iglesias”;
  • Febe es “ministra” o “diacona,” no “diaconisa” o simplemente “servidora” de la iglesia de Cencrea (Ro 16);
  • Hay significación en el nombre de Priscila precediendo el nombre de Aquila;
  • Priscila con Aquila enseñó a Apolos;
  • Hay muchos ejemplos en la historia de mujeres que enseñaban bien y predicaban a los hombres en la iglesia, como Catarina de Siena, Madame Guyon, la mujer que enseño a Moody, Annie Taylor, Sra. Ingalls, Sra. Armstrong, Señorita Adele Fielde;
  • Se debe traducir 1 Ti 2:11–12 en vez de “aprender en silencio” igual a 2 Tes 3:12, “aprender en tranquilidad”;
  • Junia en Ro 16:7 es una mujer, no hombre. Crisóstomo lo indica;
  • Salmo 68:11 indica que mujeres predicaban y predicarán;
  • Hay veces que la presencia del Espíritu en la iglesia nos ayuda a entender la Biblia;
  • En tiempos de avivamiento en la iglesia las mujeres oran y predican en la asamblea pública de la iglesia y en misiones mundiales;
  • Entonces, resistir la voz de mujeres consagradas es resistir el Espíritu Santo:
  • La iglesia muchas veces da más libertad a las mujeres en trabajo extranjero misionero que en sus propias iglesias. Pero si entendimos bien la interpretación de las Escrituras según una perspectiva literal, no tradicional, tendremos mujeres, como hombres, para el evangelismo mundial.

Notes

  1. The Missionary Review of the World 7.12 [diciembre 1894]: 910–21. El inglés fue traducido por Aída Besançon Spencer y Elizabeth de Sendek.
  2. Toda cita de la Biblia es de Reina-Valera 95 si no está indicado otra versión.
  3. Hackett, Acts, 49.
  4. Alford.
  5. El Comentario de Meyer da resumen del caso: 1 Ti 2:8–11 no prohíbe que las mujeres oran (προσευχεσθαι), solamente que no enseñan (διδάσκειν). La misma contradicción se encuentra entre 1 Co 14:34–35 y 11:5, 13. En el primero pasillo mujeres no pueden hablar (λαλεῖν) pero en el último el apóstol no prohíbe, pero aun da por supuesto que mujeres lo hacen. La solución es que Pablo desea que todo en la iglesia se hace decentemente y con orden, mientras, mantiene el principio “No apaguéis al Espíritu.”
  6. “Diaconisa” en RV 95 con nota “en tiempos de Pablo probablemente se usaba en un sentido más general,” no un “cargo especifico de la iglesia.” 
Language: 
Spanish

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Barring women from using their God-given talents is an injustice that diminishes the gospel and its impact in the world. CBE International works to inspire and mobilize Christians with the Bible’s call for women and men to co-lead and co-serve as equals.

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